domingo, 11 de julio de 2010

En lo que cabe

© Susana Arroyo-Furphy
Al salir de la ducha cogió la toalla y de manera francamente envolvente la hizo bordear su cuerpo. Pensaba que había quedado como un rey azteca, un huey tlatoani.[1] Tenía regiamente puesto su tilmatli.[2] Qué lástima que no había reinas en el reino azteca, se decía. Mejor soy un tlamatini,[3] me agrada que a esa palabra no se le note el género masculino. Eran esos momentos sutiles, tibios, sin tiempo, sin prisas los que le llevaban a la niñez. Prepararse para el día como otrora lo hiciera para dormir.
Luego de la deliciosa envoltura de la tibia toalla, endulzada más aún con las suaves manos de mamá, quien ayudaba a secar su cuerpecito, y que con ligeras palmaditas la acercara a su cuerpo reconocía, siempre, ese olor a mamá; ese olor inconfundible que aún ahora tras varias décadas de vivir sola, sin ella, evocaba.
Esa mañana era igual a las otras, prisas al vestirse, tomar unos sorbos del aromático café chiapaneco que le era enviado cada mes, dos aspirinas para el eterno dolor de cabeza y dos o tres mordiscos a una quesadilla, producto de las gráciles manos de Lupita, quien más que una empleada doméstica era su asistente, amiga, consejera y compañera de sesiones televisivas hasta la medianoche.
 Susana Arroyo-Furphy. En Recuentos Urbanos. Palabras y Plumas Editores. México. 2009
Lupita, no te vayas, vemos un programa nada más, no me dejes. No sé por qué los viernes me siento particularmente sola, sin los hijos, sin sus ruidos y sin su hambre de mamá. Hambre como la que ella siempre padecía. Hambre de lo que faltó en su vida.
El día empieza, Mariana, no hay que correr pero tampoco andar lento, decía Jerónimo, su tío, quien la contratara siendo casi una adolescente. A ver mi niña, cuántas palabras puedes teclear en 15 minutos. Y luego, lavas el baño, hija, no se te olvide. Fue su secretaria por seis años, los mismos que pasó en la universidad haciendo materias de Derecho, de Letras, de Historia, quería aprender, ésa era la meta: saber. Soy un tlamatini, se decía. El día empieza.
Su trabajo como defensora de los derechos humanos de los presos en las cárceles la mantenía siempre alerta. Qué cosas tiene la vida, Mariana; pensaba.
Cómo está, don Miguel, le decía en tono amable al encargado en turno. Aquí, señorita Mariana, bien, en lo que cabe. Y Mariana recorría a los presos. Pero si todavía estás buena, mamacita. Le gritaba uno al que le faltaban casi todos los dientes. Cállate “Tlacuache” o te rompo los pocos dientes que te quedan, decía Anselmo, el carcelero. Pásele, doña, ya sabe dónde es. Mariana caminaba sola ese pasillo oscuro en el que no había ni presos ni carcelarios. Siempre se decía a sí misma: nada me pasará, nada. Y finalmente: la entrevista.
Buenos días, Eusebio. Cómo está, señorita. Bien, gracias y usted. Bien, en lo que cabe. Vamos a ver Eusebio, vamos por partes. Cuénteme la historia de su vecina otra vez. Dígame, usted la golpeó con el tubo de la cortina porque se había zafado y... No, seño, le dije que ella lo quitó de su cortinero y entonces me quería pegar con él y pos yo se lo quité y le di. Ni modo de quedarme cruzado de brazos, no. Usté qué hubiera hecho. No se trata de mí, Eusebio, yo no estoy en la cárcel, es usted. Ah… pos yo también la veo en la cárcel, o qué no.
Diariamente era lo mismo. Aquel juego de palabras que Mariana tenía que sortear y desenmarañar entre los defendidos de oficio que le asignaban. A veces flaqueba y entonces el pasillo oscuro era cruzado entre lágrimas y aspirinas.
Hasta luego, don Miguel, ya listo para ir a comer, me imagino. Sí, señorita. Y usté, qué tal. Bien, gracias, en lo que cabe.
Ese día Mariana no fue a la cárcel, se sentía mal, tenía fiebre. Se dio un baño tibio y jugó brevemente a ser el tlamatini. Aspirinas. Lupita le llevó el desayuno a la cama. Aspirinas. Cómase sus quesadillas, doña Mariana. Siéntate aquí, Lupita, y cuéntame qué tal se porta la vecina. Lupita empezó a hablar, seguía, continuaba, no paraba. Los ojos de Mariana se cerraban y se cerraban y se cerraron… para siempre.
Lupita llamó a los hijos, se cerró la casa, leyeron el testamento. Mariana le pedía que fuera a la cárcel y hablara con Eusebio, le propondría un arreglo con la familia de la vecina. Lupita entró, caminó por el pasillo oscuro. Eusebio la miró y le dijo: Y tú, cómo estás, chamaca. Bien, señor, en lo que cabe…   


[1] emperador
[2] Tilmatli era una manta que servía como capa, generalmente usada por los nobles.
[3] El tlamatini es un sabio, es una luz; es camino y guía para otros.

Publicado en Recuentos urbanos.
México, Palabras y Plumas Editores, 2009.

2 comentarios:

Gerardito dijo...

qué forma de escribir tan amena, y qué bonita historia. Y qué bonita imagen. Ahh, estoy inspirado (:

Susana dijo...

Muchas gracias, Gerardito. Te agradezco tu comentario. Un abrazo, Susana