YO ESCRIBO
Aquí hay un poco de mí, a veces mucho. Mis temores, mis inquietudes, mis tristezas y mis alegrías.
domingo, 5 de abril de 2026
Translation, Interpretation... Palimpsest
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jueves, 15 de enero de 2026
Cuento: E-mail
Susana
Arroyo-Furphy
Brisbane,
Australia
Soy un email. Soy un mensaje. Soy un texto.
Fui preparado por un ser atribulado. Sus grandes dudas y su gran melancolía
lo hicieron una persona difícil y hasta poco agradable. Casi no comentaba nada
y cuando lo hacía sus comentarios ácidos no le gustaban a la gente. Cuando
finalmente tuvo un amor en su vida, lo dejó ir. No supo cómo atraparlo. No supo
qué hacer y sin darse cuenta, ella se fue.
Finalmente, al cabo de muchas dudas y temores le escribió un email, o sea a
mí, yo, yo fui escrito por él. Hablo desde las palabras. Pienso en su defensa
pues lo conozco, fui creado por él de manera sincera.
Hace algún tiempo me escribió, me redactó con sumo cuidado, regresaba,
corregía, aumentaba, borraba, disentía y hacía cuanta parafernalia es posible hacer
en los emails. Decidió enviarme a la mujer de quien está enamorado. Le costó
tal trabajo que pensé que me quedaría en su disco duro. Me envió y, por
desgracia, ella no me recibió. Claro, como venía de una dirección desconocida,
su configuración de correo electrónico me mandó a Spam, ese sitio siniestro del
cual algunos emails son afortunados pues el destinatario de cuando en cuando
revisa ese espacio y se encuentra con hallazgos significativos.
Desafortunadamente, eso no me sucedió a mí. Tras largo tiempo de vivir en
Spam, fui a dar a la papelera, es decir, adonde se va la basura, los emails que
no son queridos ni aceptados y, como en mi caso, ni al menos leídos.
Ahí viví muchos días, creo que 30, ya que es lo que se considera una vida normal
para estos seres impolutos, estos seres ingenuos o algunos quizás malvados que
han sido enviados por alguien o a veces por máquinas que han sido programadas
para ello. La mayoría de las ocasiones son ofertas, promociones, se vende algo,
se intenta conseguir clientes. Pero yo no vendía nada, solo amor.
La mujer a quien fui enviado nunca me leyó. No se dio cuenta de mi
existencia, no reparó en mi presencia ni en mi formato. Soy hermoso.
Fui escrito desde las entrañas de este ser atribulado, como decía,
desesperado en esos momentos en los que sabía que no había salvación, ella, la
destinataria, no regresaría a su lado; tal vez alguno de sus pensamientos se
dirigía a él, a mi maestro, a mi formador, pero nada fue suficiente, ni mis
súplicas ni el haber levantado la mano varias veces. Bueno, la mano no, porque
no tengo manos, pero trataba de hacerme notar.
Tras un tiempo doloroso y por demás extenuante, casi sin poder dormir ni
estar tranquilo, ahora me han lanzado al ciberespacio. Ya no estoy dentro de
una computadora ni en una nube, me han exterminado, me han hecho desaparecer.
Me encuentro en esta especie de purgatorio para los emails y los documentos
considerados innecesarios, deleznables, superfluos. Somos y pertenecemos a una
legión inmensa de coexistencia en el ciberespacio. Somos miles, millones,
quizás miles de trillones. Diariamente se incrementa este espacio de forma
exponencial.
Pronto no vamos a caber aquí. El ciberespacio es enorme, pero también la
cantidad de elementos que convivimos. Pasamos de cerca, algunos amables guiñan
un ojo en señal de camaradería. Otros, que eran malos y perversos de por sí, no
miran a nadie y están rojos de cólera. Los otros somos azules, pálidos, tibios,
inocuos.
No sé qué va a pasar conmigo y con mis correligionarios. Tal vez los genios
de IT o de IA diseñarán algún procedimiento de aniquilación como quemarnos o
convertirnos en algo que no ocupe espacio, no seremos polvo ni humo,
perteneceremos a la nada pues somos misteriosamente vulnerables.
Seguiré viviendo aquí el tiempo que me sea permitido.
Y ella… ella nunca me leyó.
martes, 25 de marzo de 2025
Mi abuela... relato
Mi abuela
Mi abuela era una mujer pequeñita, morena, de ojos minúsculos y mirada fija.
La recuerdo siempre arreglada, aunque era viejita desde
que la conocí.
Como fui la menor de cuatro hermanos, mamá siempre me
mandaba ir a acompañarla un rato a su casa por las tardes. Tenía varios gatos y
muchos pajaritos, canarios que silbaban hermoso y periquitos que hacían mucho
ruido. Me enseñaba a limpiar las jaulas y alimentarlos, quizá por eso siempre
me han gustado los pájaros. La llevaba a la parada del autobús pues, así de
ancianita como era, solía ir a visitar a sus hijos, mis tíos. Siempre se la
encargaba al chofer para que la dejara lo más cerca posible de su destino.
Creo que nunca me besó ni me daba nada, ni dulces ni
caricias. Solo conversaba conmigo. Me contaba de los años de juventud en los
que fue soldadera. Se unió a los rebeldes en la Revolución, ahí conoció a mi
abuelo, el coronel, que perdiera la vida en las batallas. De ahí un marido y
otro, casi una decena de hijos y muchos problemas, pero la abuela Julia nunca
se dio por vencida. Creo que no se dio cuenta cuando la Revolución terminó,
como les sucedió a muchos incluyendo al gobierno o a los raros gobiernos que se
sucedían en esa época. México y sus convulsiones, México y su desesperanza. De
la Revolución surgió el llamado «partido», el que se mantuvo al mando del país
a lo largo de más de 75 años. Un partido político nombrado de forma
contradictoria: Revolucionario Institucional. Siempre he pensado que esas dos
palabras no pueden ir juntas, una institución revolucionaria… es una antítesis,
un oxímoron, una paradoja; cosas de los políticos y sus agremiados.
Yo le besaba la mano a Julia y le hablaba de «usted».
Estaba casi sorda, mamá decía que era por el ruido de las balas y los cañones a
los que estuvo expuesta. Le teníamos que habar fuerte. Yo la respetaba, la
quería pues a su modo me demostraba su amor.
Cuando murió lloré mucho. Papá me explicó que las
personas viejas se van primero, eso es la felicidad, me decía: que muera mi
padre, que muera yo y que muera mi hijo, en ese orden; papá tomaba todo al pie
de la letra.
Siempre la he echado mucho de menos, era mi única abuela
y me gustaba saber que tenía una abuela. Aún lloro al recordarla. Julia, la
pequeña mujer, la de ojos breves y mirada artera, siempre firme, siempre sola.
Julia, la soldadera.
martes, 1 de octubre de 2024
NATURALEZA
Naturaleza
Susana Arroyo-Furphy
Brisbane - Australia
A Lupita
Colibrí
Vuelo incesante
Minúsculo aleteo
Toda una vida.
Mariposa
Libro abierto
De colores
radiantes
Fugaz belleza.
La abeja –
Inés
Miel en verano
Dulce rocío deja
Siempre incansable.
Primavera
Campo sereno
Mariposas y luces
Juventud de amor.
Verano
Lluvia de día
Arcoíris eterno
Flores
fragrantes.
Otoño
Sabio ocaso
Madurez
extasiada.
Sin diuturnidad.
Invierno
Yermo terreno
Soledad en
tiniebla
Desesperanza.
sábado, 9 de enero de 2021
LAS HORMIGAS
Las hormigas
Susana Arroyo-Furphy
Todo lo que deseo o quiero encontrar está ahí, en
este moderno aparato electrónico que hace las veces de compañero ideal pues
aunque de cuando en cuando se queja, nunca me grita si bien exige ciertos
cuidados. Así que, como decía, me dispuse a ordenar mi lugar de trabajo, mi
lugar de trabajo pues por desgracia no todo está en el ordenador, también tengo
una taza de café siempre cerca de mí, del lado izquierdo del teclado pues del
lado derecho tengo el “mouse” o ratón y no quiero estropear algo importante si llegara
a derramar algunas gotas. A veces traigo conmigo un par de galletas para sopear
en el café pues me encanta hacerlo y creo que me relaja un poco, debido a la
tensión diaria.
Tengo, además, varios juegos de gafas ya que mi
vista ha decidido cansarse por las tardes y sufrir el agudo astigmatismo por
las mañanas, por lo cual se encuentran diseminados algunos estuches y
limpia-gafas, esas telitas cortadas siempre en la orilla de la misma forma con
unas tijeras estriadas, para evitar que se deshilache el paño.
Los únicos compañeros de batallas que acompañan a
mi ordenador son los papelitos de colores con pegamento, llamados post-it que a veces utilizo, en caso de
extra-anotación. Tengo de varios colores, amarillo, rosa, naranja, verde y
negro, para el cual poseo un lápiz color plata que me recuerda la psicodelia de
los años ’70.
Hay una lámpara que tiene cierto estuche colgado
hecho de tela que me trajera mi amiga Sue de la India, es lo que llaman batik y me lo obsequió para contribuir
con la gama de estuches para gafas, pero yo lo uso para colgar papelitos de
colores como recordatorios urgentes. Esa bolsita-estuche, cuelga de la lámpara
y así tengo todo a la mano.
Un día me visitó uno de los autores de la guía y se
apiadó de mi cojín del ratón, llamado pad,
así que me ha regalado uno muy bello con un castillo que me parece es de
Alemania, de Schwetzingen, pues tiene la forma de las grandes y soberbias
construcciones casi cilíndricas que bordean el Rin.
Detrás del monitor de la derecha (tengo dos para
editar), se encuentra una pila más o menos ordenada de libros y revistas que
consulto como ayuda a mi trabajo; y detrás del de la izquierda está el
micrófono y la cámara que uso cuando me tengo que comunicar con mis clientes.
Sobre la unidad de procesamiento de mi ordenador (CPU) tengo algunas
fotografías de familia, un calendario y un viejo sacapuntas con forma de barco
que es, realmente, el único adorno de este lugar.
Los últimos objetos que quiero enumerar son: una
cajita, en la cual guardo tarjetas de los clientes, una vieja libretita de
direcciones, un espejito para ocasiones de emergencia (?) y algunos recibos
pendientes de pago; una libretita roja con elefantes grises de la marca
“kukuxumusu” que me alegra las tantas horas de trabajo y los CD’s con mi música
preferida, un ipod nano para cuando
me aburre la música preferida, y los auriculares.
Decidí limpiar cada objeto y retirar las cosas a
las que ya no doy ningún uso. Pensé que debía conservar todo pues era y es mi
mundo. Aquí paso más de ocho horas al día y he vivido así los últimos cinco
años. Mi contacto con la gente y el mundo es a través de mi ordenador. Debo
estar aquí, sentada, en buena postura y tratar de levantarme al menos cada dos
horas. El médico me ha dicho que lo debo hacer cada 20 minutos y me hizo
comprar un dispositivo que enciende una luz de alerta al cumplirse ese tiempo,
pero me ponía muy nerviosa y no dejaba de verlo, así que decidí desecharlo.
La limpieza de mi escritorio me ha llevado varios
días pues he decidido invertir la posición de los monitores y del CPU,
solamente por diversión. Cuando llevé a cabo este proceso encontré un pequeño
agujero debajo de la unidad. No le di importancia pues el escritorio es viejo y
está parcialmente apolillado, así que continué con mi labor.
Al día siguiente tenía varios mensajes de clientes
y amigos pero preferí dejarlos para más tarde, de lo contrario mi labor de
organización nunca acabaría. Al filo del mediodía terminé, sonriente, y me
preparaba al trabajo fecundo y creativo (eso me decía a mí misma para
animarme). Decidí salir a comer antes de continuar o empezar con el trabajo de
edición, y al regresar encontré que la pila de libros y revistas que había
colocado en el lugar donde se encontraba antes el CPU estaba llena de hormigas.
¡Cuál sería mi sorpresa y desagrado al mirar de
color negro mi taza de café! De inmediato la cogí y la llevé a lavar pero en el
trayecto salían de la taza invadiendo mi mano y el antebrazo, me horroricé y la
dejé caer para sacudirme de ellas. Muchas quedaron atrapadas en el fondo de la
taza pero muchas recorrieron parte de mi cuerpo. Luego de haberme liberado de
los minúsculos bichos, revisé cada uno de los libros y revistas, pensé que
habría quedado un trozo de pan o dulce entre las hojas.
Mi trabajo esa tarde fue poco productivo, la idea
de ser invadida por esos insectos me tenía molesta y desconcentrada. Esa tarde
me fui temprano a casa, no quise salir con mis amigos de los martes pues me
sentiría un poco tonta hablándoles de mi incidente “hormigueril”.
Laura me llamó por la noche mientras yo veía la
televisión y me preguntó si estaba enferma, le dije que estaba cansada y tenía
ganas de estar en casa, que había hecho limpieza en la oficina. Laura también
veía la televisión en ese momento, pero en diferente canal y entonces dijo:
-¿Estás viendo la tele?
-Sí -respondí.
-¿Ves las hormigas?
-¿Qué?, ¿de qué hablas? -repliqué con asombro.
-En el canal 5 hay un documental sobre hormigas -me
dijo.
No sé de qué más hablamos después, pero por
supuesto que yo no vería el documental de las hormigas. No entendía por qué
esta Laura me invitaba a ver algo así, aunque, claro, ella no sabía que yo
había tenido una especie de invasión hormiguera.
No cené. Traté de conciliar el sueño pues tendría
mucho trabajo pendiente al otro día. “Todos estos días haciendo limpieza, para
nada”, me decía.
De repente, el televisor se encendió y yo me senté
a ver lo que había ahí. Eran ellas, las hormigas, eran unos monstruos enormes,
perfectos, me miraban y sonreían, me llamaban con una de sus patas, se frotaban
las antenas como diciendo: “estás en nuestras manos”, o quizá dirían: “en
nuestras antenas”. Daba igual. Yo temblaba, quería apagar el televisor y no
podía. Una de ellas se acercó demasiado a la superficie de plasma y la rompió,
logrando así liberar a los cientos de miles que venían detrás de ella formando
varias líneas. Eran negras pero las líderes eran más grandes y de color marrón,
parecían soldados, todas uniformes.
Al día siguiente desperté con esa sensación del
sueño-pesadilla-realidad. Por si las dudas, revisé el televisor, me cercioré de
que la superficie estuviera completa. Noté un pequeño orificio en la esquina
inferior izquierda pero no pensé que fuera algo serio, de cualquier forma,
pasaría a la tienda de aparatos electrónicos donde había comprado mi Sony.
Alberto me resolvería las dudas al respecto.
No voy a negar que tenía cierto temor al llegar a
la oficina. El edificio es viejo y los dueños del piso, por ser amigos de mis
padres, me han rentado una habitación con baño. Ellos casi nunca están, suelen
pasar el invierno en lugares de sol como casi todos los viejos; creo que es una
buena costumbre eso de llegar a viejo y decidir donde uno quiera estar.
Toqué el timbre desde abajo como siempre lo hago
pues nunca sé si los señores están en casa y doña Matilde teme que algún ladrón
pueda abrir la puerta y entrar, así que subí las escaleras despacio esperando
que abrieran. Realmente lo deseaba. No me gustaba tener compañía, por lo
general, ya que mi trabajo requiere de silencio y concentración. Escucho música
solamente cuando puedo relajarme un poco, de lo contrario me encuentro en
absoluto silencio. Por esa razón, acepté el ofrecimiento de los señores Durán
para establecer ahí mi oficina pues aunque está en el centro de la ciudad, las
paredes son gruesas y si no se abre la ventana, no hay ruido del exterior.
Entré con cierto sigilo. Nunca he sido una persona
miedosa, vivo sola desde hace muchos años y trabajo sola, tengo amigas y amigos
con quienes comparto reuniones y fiestas pero todos somos así, vivimos a
nuestro ritmo.
La puerta se abrió con lentitud, se escucharon
ciertos rechinidos propios de la madera de los lugares viejos. Caminé hacia mi
cuarto-oficina y encontré todo en perfecto orden por lo cual me alegré. Pensé:
“esas plagas suelen ir y venir, por fortuna las mías se han ido”. Y me dediqué
al trabajo pendiente y al nuevo que seguía llegando por internet.
Después de tres horas de no haberme levantado más
que a tomar un vaso de agua, descubrí una línea delgada que se acercaba a mi
teclado. Me puse unas de las tantas gafas que tengo para las diversas horas del
día y ahí estaban ellas, las hormigas, invadiéndome de nuevo.
Respiré profundo, no deshice la línea y seguí su
camino en retroceso. Quería saber de dónde venían. Los libros estaban
impregnados de ellas, cada página tenía 10 o 20 que corrían alocadas a
distintos puntos de las hojas en cuanto las abría, así que decidí dejar los
libros en paz. Los recogí todos como una gran pila, los coloqué en el suelo y
puse mi atención en el agujero. De ahí venían una a una laboriosa, penosamente,
luego de haber recorrido un túnel. Fui por la linterna, la cual sé que los
señores Durán tienen a la entrada y la usan cuando no hay energía eléctrica, y
dirigí la luz hacia adentro del pequeño túnel.
Después de una maniobra extraña, tratando de
penetrar más y más al lugar de los hechos, me introduje, sin querer, en mi
propio escritorio, las hormigas pasaban junto a mí, me olían, se frotaban las
antenas y seguían su paso como si estuviesen hipnotizadas, como si siguieran
órdenes infranqueables.
Yo caminaba con mi linternita, la cual se había
hecho diminuta como las pequeñas hormigas que viajaban cerca de mi teclado. Las
seguía sin encontrar un fin, caminé y caminé, luego corrí, me cansé, descansé,
desperté sentada en el suelo, volví a caminar; las hormigas seguían en fila,
marchando, junto a mí.
Al llegar al final del camino, luego de varios días
y varias noches, y lo sé porque hubo viento, lluvia, sol, nubes negras,
oscuridad –afortunadamente yo tenía siempre mi linternita– amaneceres, atardeceres rojos; tenía sed, calor,
frío, comezón, cansancio y miedo, mucho miedo. Al final encontré lo que había
ahí, era una hormiga gigante, gorda, color marrón brillante, con ojos de sapo.
Me miró y se reía de mí, se comía a las hormigas pequeñas, yo formaba ahora
parte de una línea de regreso: se cerraba el círculo. Pero entonces me salí de
la fila, yo no estaba hipnotizada, no me comería semejante alimaña, así que
corrí de regreso, perdí mi linternita, pero imaginaba el camino. La hormiga
gigante me detuvo y era de mi tamaño cuando yo era entonces del tamaño de una
persona normal. Me estrujó con sus patas retorciendo sus antenas, me sacudió
con fuerza, pero yo logré liberarme. La hormiga me detenía con las filosas uñas
de sus patas cuando yo intentaba subir por el túnel que sabía me llevaría al
agujero de mi escritorio, el cual taparía inmediatamente en cuanto llegara a la
superficie; en esos momentos pensaba: “usaré relleno para madera, o mastique,
el que se usa para los vidrios, o cemento y cal, lo que sea para tapar el
agujero”.
Hoy desperté en mi habitación, relajada, contenta
por haber recuperado mi forma y mi vida. El televisor no tenía ningún agujero,
la pantalla de plasma estaba lisa, perfecta. Decidí darme un baño tibio y
disfrutar de la normalidad. Pensé que la gente no valora el hecho de ser
normal. Sonreía y movía la cabeza negándome a mí misma lo sucedido: todo había
sido un terrible sueño cuando, al quitarme la ropa, descubrí mi cuerpo lleno de
pequeñas heridas.
martes, 5 de enero de 2021
COYOTE, ¿AMERICANO YO?
Coyote, ¿americano yo?
Susana Arroyo-Furphy
El vuelo de Los Ángeles a México con frecuencia me traía
sorpresas. El aeropuerto de la ciudad de Los Ángeles siempre me ha parecido un
mercado ruidoso y maloliente. Por fin dejaba esos pasillos viejos y con
suciedad añeja. Al parecer al gobierno de los Estados Unidos no le importa dar
una buena imagen a los viajeros. ¿Será porque la mayoría son mexicanos o
latinoamericanos?
En la fila para registrar la maleta escuché a una mujer
detrás de mí conversar con el marido y burlarse de la manera como viajan “estas
personas”. Se refería a las mujeres que registraban cajas en mal estado,
canastas y bolsas de plástico. El personal, creo, ya estaba acostumbrado. Miré
a la mujer con desdén y con seguridad ella advirtió que le decía en la mirada
“yo te entiendo”, pero le dio igual. El trayecto se presumía con paisanos y con
norteamericanos que viajan a México por ser barato. Luego, la aduana. Me
imaginé que quizá así sería Wall Street, todos gritando al mismo tiempo. Con la
diferencia de que aquí nos gritaban a nosotros, los pasajeros: “quitarse los
zapatos”, “caminar rápido”, “un solo objeto”, “tirar lo demás”. La pléyade ya
consabida de sugerencias, recomendaciones u órdenes. Al dirigirme a la sala de
Aeroméxico pensé que regresar a México, aunque fuera de visita, significaba
recuerdos, emociones, múltiples pensamientos, mi niñez, el agradable clima de
la Ciudad de México, la comida y sobre todo mi familia y mis amigos.
Nuevamente filas, revisiones prolijas que mantienen a
todos expectantes, a veces el silencio absoluto de quien acepta su condición de
pasajero sumiso, a veces la mirada con cierto temor en mis conciudadanos pues
se encuentran -o encontraban- de este lado del Río Bravo de manera ilegal. Sin
embargo, y más tarde me enteraría, no hay objeción alguna cuando quieren
regresar a su patria.
Así, tras varias dificultades y contratiempos, finalmente
encontré mi asiento de “pasillo” pues me permite moverme un poco. Reconocí el
origen de mi compañero de fila, él estaba en el asiento de la ventana y el de
en medio se quedó siempre vacío. Tras unos minutos del despegue alcancé a ver
su rostro cuyas gotas de sudor, quizá por el miedo a volar, fueron tornándose
en una sonrisa de satisfacción. No soy vidente, pero creo que su mirada dejaba
ver sus recuerdos con placidez y quizá imaginar que vería a los suyos y comería
su comida y estaría rodeado de su tierra, amable y otrora pródiga. La asistente
de vuelo nos entregó las formas migratorias. De nuevo percibí la angustia en mi
compañero de viaje. Me miró fijamente. Le devolví la mirada con una sonrisa. Me
miró y ahora fijó su mirada en el papel que nos fue entregado. Yo ya me
encontraba llenando el mío con ayuda de mi pasaporte y el bolígrafo que siempre
me acompaña. Le pregunté si quería mi bolígrafo. Asintió. Rápidamente llené los
datos y le alargué el objeto cuando, evitando aceptarlo, me miró de nuevo.
Pensé: “no sabe escribir”. Entonces le ofrecí ayuda y él respondió que sí.
–¿Me permite su pasaporte para anotar los datos? –le dije.
–No tengo –contestó.
–¿Perdón? ¿No tiene pasaporte? –dije con auténtico
asombro.
–No.
–¿Y cómo viaja?, ¿cómo se identifica?
–Con esto, nos dejan regresar a México con esto –y me
alargó su credencial del Instituto Federal Electoral, a la cual llamamos IFE
por las iniciales, o credencial para votar–. Tomé la credencial, atónita, escribí
su nombre: Gabriel Ramos, y su lugar de origen: Chilpancingo, la capital del
estado de Guerrero. Al terminar de llenar la forma me sentí con la confianza de
querer saber, de indagar, así que le pregunté cómo hacía para ir a los Estados
Unidos sin pasaporte. Y entonces me explicó sobre los “coyotes”:
–Tenemos que esperar algún tiempo cuando llegamos a
México. Un amigo o un primo nos dice cuando el “coyote” está listo. Entonces
eso quiere decir que el otro “coyote” también está listo.
Le interrumpí:
–Pero, ¿por qué hay dos “coyotes”? ¿Cómo funciona eso?
–El “coyote” de México nos lleva hasta la frontera, no es
del pueblo, sepa Dios de dónde es. Tenemos que pagarle cinco mil pesos. Él se
sabe los caminos y les da “mordida”[1] a
los que manejan las trocas, nos dan algo de comer y agua; todo eso incluye esos
cinco mil. Tenemos que viajar ligeros, casi no llevamos nada porque cuando hay
que correr, ‘pos hay que correr. Luego, ya en la frontera, nos recoge el
“coyote” gringo. A ese “coyote” le
pagamos ocho mil. Ese “coyote” es el importante porque nos reparte adonde hay
trabajo para nosotros.
–¿Entonces el segundo “coyote” es un ciudadano norteamericano?
–pregunté.
–Sí, es güero. A ese no le entendemos nada, nos habla con
señas.
Antes de continuar con su relato Gabriel tragó saliva, se
le rozaron los ojos de un llanto muy leve, casi imperceptible. Creo que cuando
un hombre ha llorado mucho en sus adentros, sabe cómo ocultar sus emociones. Y
continuó: –El problema es si el güero no llega pronto. A veces tenemos que
esperar varios días y ocultarnos como podamos, pasamos mucha hambre y sed,
mucha sed. Ahí sí, si nos agarran no debemos decir nada. Y ‘pos ni podemos
decir nada porque no sabemos nada. A mí no me han agarrado, pero a otros sí. Yo
corro muy rápido. Gabriel continuó con su relato y lo mezcló con la emoción de
la historia de la hija de 15 años.
–Cumplió 15 años hace dos meses, pero hasta ahora pude
venir. Haremos una fiesta grande con mucha comida y bebida –y reía, ahora a
carcajadas.
–Extraña a su familia, ¿verdad?
–Mucho, mucho, sí –seguía riendo y a veces, quizá,
llorando un poco.
–¿Y piensa regresar a los Estados Unidos?
–‘Pos sí. Esperaré a los “coyotes”.
domingo, 4 de octubre de 2020
MEMORIA
Memoria
Te
recuerdo en el beso
atrapado entre mis labios.
Te
recuerdo en la sombra
de la
puerta entreabierta.
Te
recuerdo y me recuerdo;
y escucho
tus pasos leves
con
dolor de ausencia.
Te
recuerdo en las huellas
que dejaron
tus manos
en
caricias nunca mías;
y el
olor de tu aliento
-aquél
de la copa del vino
que
nunca bebiste-.
Te recuerdo
en la luz del día
que no
habitamos,
en la
noche que no te contuve;
en la
madrugada áspera y fría
dulce
abrazo que mi cuerpo
estremecido
imagina.
Te
recuerda la piel que se eriza,
que
evoca las tardes y las noches vacías,
canto
de luciérnaga encendida
que nunca
escuchamos.
Te
recuerdo en el lago, en el monte,
en la
nieve, en la lluvia, en la hojarasca
que no profanamos.
Te recuerdo.
https://revistaliterariaplumaytintero.blogspot.com/2010/11/susana-arroyo-furphy-mexico-australia.html
https://lafaja7.files.wordpress.com/2019/12/revista-nc2ba-58_noviembre.-diciembre-2019_protegido.pdf
martes, 3 de diciembre de 2019
ROSTRO BORROSO
AMIGOS Y FAMILIARES: ¡POR FIN!
MI NOVELA
ROSTRO BORROSO
HA SIDO PUBLICADA POR ÁPEIRON EDICIONES. ESTÁ A LA VENTA EN:
https://www.apeironediciones.com/libros/Rostro-borroso-Susana%E2%80%8B-Arroyo-Furphy-p105985600
BÚSCALA, TE GUSTARÁ.
miércoles, 31 de julio de 2019
Ella
© Susana Arroyo-Furphy
2019






